En la época de los 90’s, donde todos los infantes se divertían sin preocupaciones en sus ratos libres y en completo contacto con la basta naturaleza que los rodeaba. En aquel entonces niño, de nombre Julián, presenció un suceso que repercutiría en su vida por varios años.
Todo comenzó en una nublada y ventosa tarde de otoño, cuando él tan solo tenía 10 años de edad. Fue a visitar a su mejor amigo Israel, quien vivía relativamente cerca de la casa de Julián, solo los separaba un amplio trecho de árboles y matorrales, que formaban un sendero por el cual cruzaba para llegar donde su amigo moraba. Julián cruzó el trecho como habitualmente lo hacía pero esta vez tuvo la sensación de que lo estaban siguiendo entre los matorrales y prefirió cruzar el tramo corriendo lo más rápido que pudo, sin mirar atrás, hasta que por fin llegó a su destino.
El pequeño recuperó el aliento tras aquella huida para poder tocar la puerta de la casa de Israel, pero antes de que lo hiciera, escuchó una voz susurrando detrás de él. El niño se puso pálido, empezó a temblar y con mucho temor giró su cabeza para ver quién era el que lo llamaba, pero su semblante cambió al mirar que se trataba de Israel, quien había ido con su vecina a pedir una taza de leche para darle a su hermana. Israel tenía que cuidar a su hermana pequeña en las tardes, ya que su mama tenía que trabajar casi todo el día. El papa de Israel los había abandonado hace un par de años, por lo tanto Israel prácticamente tomaba el rol de cabecilla de la familia. El chico de tan solo 11 años tuvo que fungir como tutor de la pequeña y eso era todo un reto para él. Después comer algo, los niños estuvieron en la vereda frontal a la casa, jugando al famoso ¨avioncito¨, el cual era el favorito de la hermana de Israel.
En los últimos meses, veían que la chica que vivía en la casa a un costado de cañada, se postraba afuera de su casa cuando llegaba de la escuela. Israel comentó que los padres de la niña también trabajaban y ella se valía por su propia cuenta tal como lo hacía él, pero con la diferencia de que era estudiante de secundaria de segundo grado. Su nombre era Mariel, lucía retraída y no salía a convivir con los niños de la colonia. Esto se les hacía normal a los niños, dado que la casa de Israel estaba rodeada de una cuantas más, conformando una pequeña colonia, pero la cual no era muy afable.
No tomaron mucha importancia de este hecho y siguieron jugando por un buen rato hasta que los niños empezaron a aburrirse de ese juego.
– Vamos a ver la cañada- Israel le comentó a los demás-, a lo cual accedieron sin refutar.
La cañada era algo extensa, llena de vegetación y árboles, que en el día daban ganas de bajar e inspeccionar el lugar, pero esa idea se esfumaba cuando empezaba a caer la noche. Con la luz de la luna, los árboles se veían tétricos, jugando con la imaginación de niños formando ¨rostros¨ en ellos. A pesar de que el lugar era agradable por las mañanas, nadie se atrevía a ir allí. Los adultos contaban historias tenebrosas de seres asechando en las sombras, entre otras cosas sobrenaturales, con lo cual mantenían a los niños de curiosear en ese lugar. Julián, por su parte, jamás se aventuraría a explorar ese sitio, ya que su abuela Eva le tenía prohibido ir a ese lugar. Siendo el carácter de su abuela noble y apacible, se exaltaba de manera abrupta cuando hablaban sobre ese maravilloso y, a su vez, tenebroso paraje.
Los niños se sentaron casi al borde de aquella barranca, contemplando todo que sus ojos podían ver. A pesar de ser un lugar habitable para algunos animales, no se podía escuchar algún trino de las aves y eso les desconcertaba a los chicos. Estuvieron por un buen rato aventando piedras para perder el tiempo, en lo que llegaba la mama de Israel. Repentinamente, el ambiente se empezó a tornar sombrío y después escucharon una voz profunda saliendo del pequeño bosque que se formaba en la cañada:
-Los vigilo…-, dijo la misteriosa voz.
Israel tomó a su hermana de la mano, mientras que Julián la tomó de la otra y corrieron despavoridos del lugar, hasta llegar a la casa de Israel. Por suerte, la mamá de los niños iba llegando de su trabajo con una bolsa de pan para merendar, pero los niños no le prestaron mucha atención a ello y se fueron directamente a abrazarla como pudieron. Le contaron a la señora lo que habían escuchado, a lo que ella con una sonrisa no muy convincente les dijo:
-Ha de haber sido el viento entre los arboles-.
Pero los chicos no creyeron esa versión y solo se quedaron en silencio. La señora le ofreció merendar a Julián para liberar la tensión que se sentía en el ambiente, pero él rechazo esa invitación, ya que se estaba poniendo el sol y no quería llegar tarde a su casa. El chico se despidió de la familia y se pospuso a seguir su camino. Ante de irse del lugar volteó rumbo a la casa de la chica de la cañada y ella aún seguía allí.
El niño con un poco de preocupación y empatía decidió acercarse y preguntarle que si necesitaba algo, pero la niña con una voz muy tenue y una expresión de miedo en el rostro le contestó:
-No creo que me puedas ayudar-.
Julián quedó desconcertado por la respuesta de la chica, le dio unas palmadas en la espalda para confortarla y se alejó de la casa de Mariel. Mientras él iba pensando el motivo por el cual la chica le había dicho eso, no se percató que ya estaba dentro del sendero y al mirar a su alrededor, el ambiente le parecía algo tétrico: el viento empezó a arremolinar el polvo y las hojas del suelo, se nublo repentinamente el cielo, Los árboles se mecían al paso del aire y no se oía el cantar de los grillos. Julián a pesar de todo esto, siguió caminando para llegar a su casa, pero de repente escuchó entre los matorrales un susurro poco entendible que le decía:
-Te vigilo, siempre lo hago-.
El niño en vez de petrificarse, usó su sentido común y salió despavorido de ese lugar hasta llegar a su casa y contarle a alguien lo ocurrido.
Una vez dentro de su hogar, el pequeño se topó de primera instancia a su mamá, a la cual le explico lo que le sucedió y ella a su vez no le tomo importancia, alegando que solo fue parte de su imaginación. Julián desconcertado, no tuvo más remedio que creer en las palabras de su madre. Pasadas unas horas, llegó el tiempo de cenar y Julián se veía aun preocupado, no tocaba su comida y no deja de mirar sus manos, las cuales le sudaban por los nervios que sentía por aquella amarga experiencia. La abuela notó este extraño comportamiento de su nieto y decidió preguntarle qué era lo que le sucedía. Se sentó en su sillón mecedora y Julián a un lado de ella en un pequeño banquito de madera. El niño comenzó a platicarle lo que le había ocurrido, pero notó como la cara de su abuela iba palideciendo con forme avanzaba su historia. La abuelita con una voz entrecortada le dijo:
-Te contare algo, es necesario que sepas esto-, y empezó a relatarle un suceso que pasó hace tiempo.
La señora Eva le explicó que hace unos años atrás, había un señor de nombre Rubén que vivía dentro de la cañada y que se dedicaba a la crianza de animales. Él era muy noble, cortés y siempre servicial cuando la gente lo iba a buscar para comprarle gallinas, huevos o algún otro producto de lo que él elaboraba. Todo estaba bien y en armonía, pero había un grupo de chicos que buscaban divertirse haciendo cosas que no rayaban en lo correcto. A uno de ellos se le ocurrió ir a molestar al apacible señor, robándole unas cuantas de sus gallinas, para después aventarlas a lo más alto de la cañada y comprobar si ¨podían¨ volar. El señor preocupado empezó a buscar a sus animales, pensando que se habían escapado del corral y después de ahí jamás regresó a su casa. Unos días después de ese acontecimiento, empezaron a desaparecerse los niños que jugaban cerca de la cañada, y la gente al ver esto, adjudicó que el hombre aún seguía vivo y buscaba vengarse de los que le habían causado daño. La policía hizo su búsqueda pero no encontrón indicios del paradero de los niños, ni del hombre. Por este motivo, dieron toque de queda para que nadie se acercara a la cañada. El niño no podía asimilar lo que le contó su abuela, desconcertado y asustado le pidió dormir con ella.
A la mañana siguiente, siendo día de descanso y sin tener que asistir a clases, Julián se armó de valor para cruzar de nuevo el sendero y así poder visitar a Israel. Caminó sin voltear a los lados, enfocando su mirada siempre de frente, no dejaba de pensar lo que le sucedió y lo que le contó su abuela, pero no lo detuvo hasta que por fin llegó a la colonia donde vivía su amigo. Antes de llegar a la casa de Israel, el niño volteó hacia la casa de Mariel y observó que la niña ya estaba en la acera sentada como últimamente lo había estado haciendo. Tomó la decisión de ir a verla y tratar de animarla, pidiéndole que lo acompañara a la casa de su amigo. Se acercó a ella y le dijo su propuesta. Al ver que el chico era amable con ella aceptó la invitación y fueron en busca de Israel. Cuando llegaron a ese lugar, ya los esperaba Israel y su hermanita para jugar como lo tenían planeado. Pasaron un rato ameno jugando y platicando hasta que el tiempo se les pasó inadvertido. Se sentaron en las acera de la casa de Israel para contemplar como el cielo se tornaba grisáceo, con la probabilidad de que fuese a llover, pero no le quitaba lo hermosas y majestuosas que se veían las nubes en él. Israel comenzó a aburrirse y sugirió ir a ver a la cañada, pero un ¨No¨ unísono por parte de Julián y Mariel hizo que se callara abruptamente. El chico les preguntó la razón de ese comportamiento, por lo cual, Julián no tuvo más remedio que contarles lo sucedido el día anterior y lo que la abuela le había relatado. Al escuchar esto, la hermanita de Israel comenzó a titiritar de miedo junto con Mariel. Israel no se veía tan impactado por la noticia de su amigo, solo sonrió levemente y dijo:
-Son puras patrañas, cosas de nuestra imaginación-.
–Deja de decir eso, que ¨Él¨ nos observa…-, Mariel exclamó.
Los demás se quedan anonadados por semejante aseveración, no sabían que responder; la niña solo se paró de donde estaba, se marchó a su casa pero no entró, solo se postró en la orilla de la acera de su casa. Los niños preocupados, fueron a donde ella para que les explicara esa súbita reacción que tuvo, y ella les respondió:
-Hace unos meses, cuando fui por la ropa al patio, tuve la sensación de ser observada desde los árboles que están en la cañada y cuando mis padres no están, la casa se torna con un ambiente denso y ese ¨algo¨ me vigila entre las sombras… y… solo una vez pude observar un par de ojos de color rojo asomándose por la ventana de mi cuarto. Les conté a mis padres acerca de esto y ellos solo me ignoraron y he estado lidiando sola con ello-.
Los chicos escuharon su relato y entendieron el ¨por qué¨ ella se sentaba siempre fuera de su casa. Todos decidieron abrazar a Mariel para que dejara de llorar, pero cuando estaban tratando de consolar a la pequeña, fueron interrumpidos por una voz proveniente de la casa de ella que les decía:
-Los vigilo…y siempre lo hare-.
Los niños, de manera brusca, voltearon de donde provenía esa voz y vieron algo que los dejos atónitos: una silueta oscura con la forma de un hombre con una gabardina larga, un sombrero de ala ancha, con una estatura lo suficiente para que su cabeza tocara el marco de la puerta de esa casa y unos ojos rojos que no presentaban algún brillo, más bien se veían como si fueran bañados por sangre seca. También pudieron percibir que emanaba un fétido olor de la casa de la niña.
Los niños no soportaron por más tiempo que aquella sombra los siguiese observando y huyeron despavoridos hacia la casa de Israel. Entraron a la casa, cerraron la puerta y se refugiaron dentro del armario que tenía la mamá de Israel, esperando a que llegase la señora. No pasó mucho tiempo, cuando escucharon que la manija de la puerta de la casa se estaba moviendo; Israel pensó que por fin había llegado alguien que los protegería de aquella atrocidad, pero percibió algo inusual, la manija se seguía moviendo sin poder abrir la puerta, a lo que el niño con una voz titubeante exclamó:
-¿Mamá eres tú?…-.
Tardo un momento pero obtuvo una respuesta detrás de la puerta.
–Sí, soy yo hijo abre, olvide mis llaves-.
El chico aliviado de oír la voz de su madre, se acercó a la puerta para abrir, pero su hermanita, entusiasmada de que su mamá estaba afuera, se asomó por la ventana y no vio a nadie fuera, pero la manija se seguía moviendo. Ella le gritó a Israel que no abriera la puerta, y el niño se detuvo. Después de esto, se empezó a mover la manija y empujar la puerta con una desesperación violenta. La voz que era de la mamá de Israel se trasformó en una muy grave que les decía:
–Solo quiero a uno, después vendré por los demás-.
Los chicos al escuchar eso comenzaron a gritar, mientras la manija se movía de manera brusca hasta que por fin ceso. Guardaron un silencio total al ver que ya no había movimiento en la manija, cuando de pronto se abre la puerta dejando entrar a la mamá de Israel. Lo niños aun pasmados por la impresión, comenzaron a llorar y tratar de explicarle a la señora lo sucedido. Viendo la situación, la señora esperó a que llegaran los papas de Mariel para después ir a la casa de Julián y poder hablar de esto que les ocurrió.
Los niños comenzaron a contarles a los adultos, los cuales solo se miraban entre ellos, pero la que tomó la palabra después de oírlos fue la abuela Eva quien les dijo:
-Lo que ustedes vieron no es el alma de don Rubén, este ser es llamado el hombre del sombrero. Es una entidad muy antigua y se alimenta de las personas que sufren tristezas, miedos o inclusive soledad. Por ello son más vulnerables los niños porque no les ponemos la atención suficiente y no somos capaces de creerles cuando nos cuentan algo que les aqueja-.
Lo ahí presentes no sabían que decir, el único que se armó de valor fue Julián y se animó a preguntar:
-¿Por qué asecha a Mariel dentro de su casa y no pudo entrar a la casa de Israel?, ¿Qué podemos hacer para detenerlo?-.
–Mis abuelos me contaban que la gente que creía en un dios, tenían la seguridad de que serían protegidos por esa deidad. Esto ayudaba a no temerle a las cosas inexplicables que suceden en nuestro mundo-, respondió la abuela.
-Nosotros no creemos en un dios-, dijo el padre de Mariel.
La abuela dio por asentado que esa fue la razón por la cual el hombre del sombrero la asechaba constantemente.
-Él adora atormentar a sus víctimas a tal grado de desesperarlas o llevarlos a la locura, para después tener la facilidad de causarles alguna enfermedad o accidente y arrastrarlos a las fauces de la muerte-, dijo la abuela Eva.
Después de platicar este asunto, regresaron todos a sus propios hogares, y los niños durmieron junto a sus padres.
Al día siguiente fue la abuela Eva por los padres de Mariel y la mamá de Israel para llevarlos a la iglesia a la cual asistía. Platicaron con el párroco y después lo llevaron a la casa de Mariel para bendecirla y adornarla con un gran crucifijo, símbolo de su nueva fe. A cada niño se les obsequió un escapulario para su protección y que pudiesen rehacer sus vidas normalmente, sin temor a que esa entidad les hiciera algún daño.
Los días transcurrieron sin ningún problema, todo estaba en paz en la casa de Mariel. La mamá le ordenó ir a tender la ropa en el patio y ella sin negarse pudo salir con toda la tranquilidad del mundo. Ella sabía que debía tener fe en lo que ahora creía para no caer más en las garras del hombre del sombrero, pero era tanta su seguridad que no pudo percatarse de que aún le observaban desde lo lejos, hasta que escuchó un susurro cerca de su oído que la heló, el cual le dijo:
-Aún te vigilo…-.




