El umbroso vigía

En la época de los 90’s, donde todos los infantes se divertían sin preocupaciones en sus ratos libres y en completo contacto con la basta naturaleza que los rodeaba. En aquel entonces niño, de nombre Julián, presenció un suceso que repercutiría en su vida por varios años.

Todo comenzó en una nublada y ventosa tarde de otoño, cuando él tan solo tenía 10 años de edad. Fue a visitar a su mejor amigo Israel, quien vivía relativamente cerca de la casa de Julián, solo los separaba un amplio trecho de árboles y matorrales, que formaban un sendero por el cual cruzaba para llegar donde su amigo moraba. Julián cruzó el trecho como habitualmente lo hacía pero esta  vez tuvo la sensación de que lo estaban siguiendo entre los matorrales y prefirió cruzar el tramo corriendo lo más rápido que pudo, sin mirar atrás, hasta que por fin llegó a su destino.

El pequeño recuperó el aliento tras aquella huida para poder tocar la puerta de la casa de Israel, pero antes de que lo hiciera, escuchó una voz susurrando detrás de él. El niño se puso pálido, empezó a temblar y con mucho temor giró su cabeza para ver quién era el que lo llamaba, pero su semblante cambió al mirar que se trataba de Israel, quien había ido con su vecina a pedir una taza de leche para darle a su hermana. Israel tenía que cuidar a su hermana pequeña en las tardes, ya que su mama tenía que trabajar casi todo el día. El papa de Israel los había abandonado hace un par de años, por lo tanto Israel prácticamente tomaba el rol de cabecilla de la familia. El chico de tan solo 11 años tuvo que fungir como tutor de la pequeña y eso era todo un reto para él. Después comer algo, los niños estuvieron en la vereda frontal a la casa, jugando al famoso  ¨avioncito¨, el cual era el favorito de la hermana de Israel.

 En los últimos meses, veían que la chica que vivía en la casa a un costado de cañada, se postraba afuera de su casa cuando llegaba de la escuela. Israel comentó que los padres de la niña también trabajaban y ella se valía por su propia cuenta tal como lo hacía él, pero con la diferencia de que era estudiante de secundaria de segundo grado. Su nombre era Mariel, lucía retraída y no salía a convivir con los niños de la colonia. Esto se les hacía normal a los niños, dado que la casa de Israel  estaba rodeada de una cuantas más, conformando una pequeña colonia, pero la cual no era muy afable.

No tomaron mucha importancia de este hecho y siguieron jugando por un buen rato hasta que los niños empezaron a aburrirse de ese juego.

– Vamos a ver la cañada- Israel le comentó a los demás-, a lo cual accedieron sin refutar.

La cañada era algo extensa, llena de vegetación y árboles, que en el día daban ganas de bajar e inspeccionar el lugar, pero esa idea se esfumaba cuando empezaba a caer la noche. Con la luz de la luna, los árboles se veían tétricos, jugando con la imaginación de niños formando ¨rostros¨ en ellos. A pesar de que el lugar era agradable por las mañanas, nadie se atrevía a ir allí. Los adultos contaban historias tenebrosas de seres asechando en las sombras, entre otras cosas sobrenaturales, con lo cual mantenían a los niños de curiosear en ese lugar. Julián, por su parte, jamás se aventuraría a explorar ese sitio, ya que su abuela Eva le tenía prohibido ir a ese lugar. Siendo el carácter de su abuela noble y apacible, se exaltaba de manera abrupta cuando hablaban sobre ese maravilloso y, a su vez, tenebroso paraje.

Los niños se sentaron casi al borde de aquella barranca, contemplando todo que sus ojos podían ver. A pesar de ser un lugar habitable para algunos animales, no se podía escuchar algún trino de las aves y eso les desconcertaba a los chicos. Estuvieron por un buen rato aventando piedras para perder el tiempo, en lo que llegaba la mama de Israel. Repentinamente, el ambiente se empezó a tornar sombrío y después escucharon una voz profunda saliendo del pequeño bosque que se formaba en la cañada:

-Los vigilo…-, dijo la misteriosa voz.

Israel tomó a su hermana de la mano, mientras que Julián la tomó de la otra y corrieron despavoridos del lugar, hasta llegar a la casa de Israel. Por suerte, la mamá de los niños iba llegando de su trabajo con una bolsa de pan para merendar, pero los niños no le prestaron mucha atención a ello y se fueron directamente a abrazarla como pudieron. Le contaron a la señora lo que habían escuchado, a lo que ella con una sonrisa no muy convincente les dijo:

-Ha de haber sido el viento entre los arboles-.

Pero los chicos no creyeron esa versión y solo se quedaron en silencio. La señora le ofreció merendar a Julián para liberar la tensión que se sentía en el ambiente, pero él rechazo esa invitación, ya que se estaba poniendo el sol y no quería llegar tarde a su casa. El chico se despidió de la familia y se pospuso a seguir su camino. Ante de irse del lugar volteó rumbo a la casa de la chica de la cañada y ella aún seguía allí.

El niño con un poco de preocupación y empatía decidió acercarse y preguntarle que si necesitaba algo, pero la niña con una voz muy tenue y una expresión de miedo en el rostro le contestó:

-No creo que me puedas ayudar-.

Julián quedó desconcertado por la respuesta de la chica, le dio unas palmadas en la espalda para confortarla y se alejó de la casa de Mariel. Mientras él iba pensando el motivo por el cual la chica le había dicho eso, no se percató que ya estaba dentro del sendero y al mirar a su alrededor, el ambiente le parecía algo tétrico: el viento empezó a arremolinar el polvo y las hojas del suelo, se nublo repentinamente el cielo, Los árboles se mecían al paso del aire y no se oía el cantar de los grillos. Julián a pesar de todo esto, siguió caminando para llegar a su casa, pero de repente escuchó entre los matorrales un susurro poco entendible que le decía:

 -Te vigilo, siempre lo hago-.

El niño en vez de petrificarse, usó su sentido común y salió despavorido de ese lugar hasta llegar a su casa y contarle a alguien lo ocurrido.

Una vez dentro de su hogar, el pequeño se topó de primera instancia a su mamá, a la cual le explico lo que le sucedió y ella a su vez no le tomo importancia, alegando que solo fue parte de su imaginación. Julián desconcertado, no tuvo más remedio que creer en las palabras de su madre. Pasadas unas horas, llegó el tiempo de cenar y Julián se veía aun preocupado, no tocaba su comida y no deja de mirar sus manos, las cuales le sudaban por los nervios que sentía por aquella amarga experiencia. La abuela notó este extraño comportamiento de su nieto y decidió preguntarle qué era lo que le sucedía. Se sentó en su sillón mecedora y Julián a un lado de ella en un pequeño banquito de madera. El niño comenzó a platicarle  lo que le había ocurrido, pero notó como la cara de su abuela iba palideciendo con forme  avanzaba su historia. La abuelita con una voz entrecortada le dijo:

-Te contare algo, es necesario que sepas esto-, y empezó a relatarle un suceso que pasó hace tiempo.

La señora Eva le explicó que hace unos años atrás, había un señor de nombre Rubén que vivía dentro de la cañada y que se dedicaba a la crianza de animales. Él era muy noble, cortés y siempre servicial cuando la gente lo iba a buscar para comprarle gallinas, huevos o algún otro producto de lo que él elaboraba. Todo estaba bien y en armonía, pero había un grupo de chicos que buscaban divertirse haciendo cosas que no rayaban en lo correcto. A uno de ellos se le ocurrió ir a molestar al apacible señor, robándole unas cuantas de sus gallinas, para después aventarlas a lo más alto de la cañada y comprobar si ¨podían¨ volar. El señor preocupado empezó a buscar a sus animales, pensando que se habían escapado del corral y después de ahí jamás regresó a su casa. Unos días después de ese acontecimiento, empezaron a desaparecerse los niños que jugaban cerca de la cañada, y la gente al ver esto, adjudicó que el hombre aún seguía vivo y buscaba vengarse de los que le habían causado daño. La policía hizo su búsqueda pero no encontrón indicios del paradero de los niños, ni del hombre. Por este motivo, dieron toque de queda para que nadie se acercara a la cañada. El niño no podía asimilar lo que le contó su abuela, desconcertado y asustado le pidió dormir con ella.

A la mañana siguiente, siendo día de descanso y sin tener que asistir a clases, Julián se armó de valor para cruzar de nuevo el sendero y así poder visitar a Israel. Caminó sin voltear a los lados, enfocando su mirada siempre de frente, no dejaba de pensar lo que le sucedió y lo que le contó su abuela, pero no lo detuvo  hasta que por fin llegó a la colonia donde vivía su amigo. Antes de llegar a la casa de Israel, el niño volteó hacia la casa de Mariel y observó que la niña ya estaba en la acera sentada como últimamente lo había estado haciendo. Tomó la decisión de ir a verla y tratar de animarla, pidiéndole que lo acompañara a la casa de su amigo. Se acercó a ella y le dijo su propuesta. Al ver que el chico era amable con ella aceptó la invitación y fueron en busca de Israel. Cuando llegaron a ese lugar, ya los esperaba Israel y su hermanita para jugar como lo tenían planeado. Pasaron un rato ameno jugando y platicando hasta que el tiempo se les pasó inadvertido. Se sentaron en las acera de la casa de Israel para contemplar como el cielo se tornaba grisáceo, con la probabilidad de que fuese a llover, pero no le quitaba lo hermosas y majestuosas que se veían las nubes en él. Israel comenzó a aburrirse y sugirió ir a ver a la cañada, pero un ¨No¨  unísono por parte de Julián y Mariel hizo que se callara abruptamente. El chico les preguntó la razón de ese comportamiento, por lo cual, Julián no tuvo más remedio que contarles lo sucedido el día anterior y lo que la abuela le había relatado. Al escuchar esto, la hermanita de Israel comenzó a titiritar de miedo junto con Mariel. Israel no se veía tan impactado por la noticia de su amigo, solo sonrió levemente y dijo:

 -Son puras patrañas, cosas de nuestra imaginación-.

–Deja de decir eso, que ¨Él¨ nos observa…-, Mariel exclamó.

Los demás se quedan anonadados por semejante aseveración, no sabían que responder;  la niña solo se paró de donde estaba, se marchó a su casa pero no entró, solo se postró en la orilla de la acera de su casa. Los niños preocupados, fueron a donde ella para que les explicara esa súbita reacción que tuvo, y ella les respondió:

-Hace unos meses, cuando fui por la ropa al patio, tuve la sensación de ser observada desde los árboles que están en la cañada y cuando mis padres no están, la casa se torna con un ambiente denso y ese ¨algo¨ me vigila entre las sombras… y… solo una vez pude observar un par de ojos de color rojo asomándose por la ventana de mi cuarto. Les conté a mis padres acerca de esto y ellos solo me ignoraron y he estado lidiando sola con ello-.

Los chicos escuharon su relato y entendieron el ¨por qué¨ ella se sentaba siempre fuera de su casa. Todos decidieron abrazar a Mariel para que dejara de llorar, pero cuando estaban tratando de consolar a la pequeña, fueron interrumpidos por una voz proveniente de la casa de ella que les decía:

-Los vigilo…y siempre lo hare-.

 Los niños, de manera brusca, voltearon de donde provenía esa voz y vieron algo que los dejos atónitos: una silueta oscura con la forma de un hombre con una gabardina larga, un sombrero de ala ancha, con una estatura lo suficiente para que su cabeza tocara el marco de la puerta de esa casa y unos ojos rojos que no presentaban algún brillo, más bien se veían como si fueran bañados por sangre seca. También pudieron percibir que emanaba un fétido olor de la casa de la niña.

Los niños no soportaron por más tiempo que aquella sombra los siguiese observando y huyeron despavoridos hacia la casa de Israel. Entraron a la casa, cerraron la puerta y se refugiaron dentro del armario que tenía la mamá de Israel, esperando a que llegase la señora. No pasó mucho tiempo, cuando escucharon que la manija de la puerta de la casa se estaba moviendo; Israel pensó que por fin había llegado alguien que los protegería de aquella atrocidad, pero percibió algo inusual, la manija se seguía moviendo sin poder abrir la puerta, a lo que el niño con una voz titubeante exclamó:

 -¿Mamá eres tú?…-.

Tardo un momento pero obtuvo una respuesta detrás de la puerta.

–Sí, soy yo hijo abre, olvide mis llaves-.

 El chico aliviado de oír la voz de su madre, se acercó a la puerta para abrir, pero su hermanita, entusiasmada de que su mamá estaba afuera, se asomó por la ventana y no vio a nadie fuera, pero la manija se seguía moviendo. Ella le gritó a Israel que no abriera la puerta, y el niño se detuvo. Después de esto, se empezó a mover la manija y empujar la puerta con una desesperación violenta. La voz que era de la mamá de Israel se trasformó en una muy grave que les decía:

 –Solo quiero a uno, después vendré por los demás-.

Los chicos al escuchar eso comenzaron a gritar, mientras la manija se movía de manera brusca hasta que por fin ceso. Guardaron un silencio total al ver que ya no había movimiento en la manija, cuando de pronto se abre la puerta dejando entrar a la mamá de Israel. Lo niños aun pasmados por la impresión, comenzaron a llorar y tratar de explicarle a la señora lo sucedido. Viendo la situación, la señora esperó a que llegaran los papas de Mariel para después ir a la casa de Julián y poder hablar de esto que les ocurrió.

Los niños comenzaron a contarles a los adultos, los cuales solo se miraban entre ellos, pero la que tomó la palabra después de oírlos fue la abuela Eva quien les dijo:

-Lo que ustedes vieron no es el alma de don Rubén, este ser es llamado el hombre del sombrero. Es una entidad muy antigua y se alimenta de las personas que sufren tristezas, miedos o inclusive soledad. Por ello son más vulnerables los niños porque no les ponemos la atención suficiente y no somos capaces de creerles cuando nos cuentan algo que les aqueja-.

Lo ahí presentes no sabían que decir, el único que se armó de valor fue Julián y se animó a preguntar:

 -¿Por qué asecha a Mariel dentro de su casa y no pudo entrar a la casa de Israel?, ¿Qué podemos hacer para detenerlo?-.

–Mis abuelos me contaban que la gente que creía en un dios, tenían la seguridad de que serían protegidos por esa deidad. Esto ayudaba a no temerle a las cosas inexplicables que suceden en nuestro mundo-, respondió la abuela.

-Nosotros no creemos en un dios-, dijo el padre de Mariel.

La abuela dio por asentado que esa fue la razón por la cual el hombre del sombrero la asechaba constantemente.

-Él adora atormentar a sus víctimas a tal grado de desesperarlas o llevarlos  a la locura, para después tener la facilidad de causarles alguna enfermedad o accidente y arrastrarlos a las fauces de la muerte-, dijo la abuela Eva.

Después de platicar este asunto, regresaron todos a sus propios hogares, y los niños durmieron junto a sus padres.

Al día siguiente fue la abuela Eva por los padres de Mariel y la mamá de Israel para llevarlos a la iglesia a la cual asistía. Platicaron con el párroco y después lo llevaron a la casa de Mariel para bendecirla y adornarla con un gran crucifijo, símbolo de su nueva fe. A cada niño se les obsequió un escapulario para su protección y que pudiesen rehacer sus vidas normalmente, sin temor a que esa entidad les hiciera algún daño.

Los días transcurrieron sin ningún problema, todo estaba en paz en la casa de Mariel. La mamá le ordenó ir a tender la ropa en el patio y ella sin negarse pudo salir con toda la tranquilidad del mundo. Ella sabía que debía tener fe en lo que ahora creía para no caer más en las garras del hombre del sombrero, pero era tanta su seguridad que no pudo percatarse de que aún le observaban desde lo lejos, hasta que escuchó un susurro cerca de su oído que la heló, el cual le dijo:

 -Aún te vigilo…-.

El hombre del sombrero (Hatman)
Siempre habrá alguien vigilandote……

Insomnia

Después de una calurosa noche de verano, Ana se despertó a su hora habitual; sintió las sábanas tibias, cubriendo su cuerpo en un aura placentera, logrando una agradable sintonía con el frío del aire acondicionado. Era este un gozo mundano de gran deleite, que hasta se podría culpar a las sábanas de ser atrevidas al tentarla unos 5 minutos más para sumergirse en ellas y alargar el tiempo de su descanso en ese santuario de suaves telas. Aunque lo quisiera, no pudo ir más allá de esa cumbre de placer, ya había sonado su reloj despertador con un chirrido desesperante, poniéndole fin a la poesía que ofrecía su cama.

   Ana sintió que era momento de despertar y recibir un nuevo día como habitualmente lo hace, se vistió y decidió bajar al comedor. Desde las escaleras escuchó como desfilaban, en la televisión, noticias extrañas de sucesos inexplicables, dándole un sombrío impacto a sus sentidos, repartiendo su mirada entre las imágenes presentadas en la pantalla de personas, que en su mayoría eran ancianos y la otra parte adultos,  hospitalizadas  por diferentes causas. Hizo una inspección breve a la estancia, notando la carencia de detalles que deberían estar habitualmente en la escena madrugadora de su hogar, tales como la ausencia del aroma a café que prepara su madre ante de irse a trabajar. Ana ve a su madre, la cual, pareciera como si no se hubiese separado del sillón de la sala durante toda la noche. La mirada de Ana vuelve al televisor súbitamente, ya que escuchó  las estadísticas que presentaba un doctor en el noticiero local, y que infortunadamente muestran un aumento estrepitoso de decesos por paros cardíacos, entre otras enfermedades que han ido a la alza en los últimos días: se habla del estrés, de la falta de sueño, de las consecuencias de la vida moderna. 

-El estrés mata silenciosamente-, exclamó la madre de Ana.

La señora lucía unas hondas ojeras y una palidez inusual en su rostro; tenía una taza en sus manos y bebió un sorbo de ella, que al parecer contenía un líquido amarillento y con un aroma extraño, y después se hizo un silencio total. Estaba inusualmente callada, parecía ausente y Ana no quiso molestarle para pedirle que la  llevase a la universidad, donde hace varios días, algunos de los maestros empezaron a faltar sin razón aparente.

Para llegar a su escuela, decidió hacerle una llamada a Leo, que era compañero de aula de Ana por casi 3 años. Después de 10 minutos,  Ana ya se encontraba acomodándose en el asiento del coche del papa de Leo, que oportunamente acababa de aprender a conducir desde el mes pasado y se ofrecía llevarla, pero ella había rechazado su ayuda ya que su mamá siempre la había llevado. Ella deslizó  el cinturón de seguridad por su cadera y partieron lo más pronto posible, porque faltaba poco tiempo para entrar a clases. Aunque, afortunadamente las circunstancias los apremiaban: los maestros habían empezado a reportarse enfermos y los pocos que asistían, no hacían otra cosa que tener la mirada perdida, desvariando un poco y balbuceando algunas cosas sin sentido.

    Rumbo a la universidad,  Ana se dio cuenta que extrañamente las calles estaban más solitarias que de costumbre. Ella pensó:

  -¿Será algún día festivo y no me he enterado?-.

La poca gente que se veía en las calles parecía desorientada y como se encontraban en el auge más alto de calor de la temporada, les parecía muy normal ese comportamiento. Algunos trataban de resguardarse del  fuerte sol y otros caminaban con languidez. En fin, todo parecía indicar que el clima volvería loco a cualquiera. 

Leo prendió la radio en su estación favorita pero el locutor sonaba como si no supiese que decir. Por lapsos advertía sobre vehículos en sentido contrario, altercados “inusuales” en la zona metropolitana, pero después no era entendible lo que trataba de expresar. Soltaba dos o tres palabras incoherentes que inundaban la frecuencia de la emisión, pensaron ellos que tal vez eran problemas en la señal, así que no le dieron mayor importancia; Leo le comentó a Ana que pusiera su lista de spotify. Ella se puso a buscar una de sus canciones favoritas para  animar el trayecto a la universidad. Cuando de pronto la voz del conductor sonaba más y más profunda, poco a poco nacía una risa macabra del radio hasta que llegó a un punto en que explotó sin ataduras, Leo y Ana se miraban preguntándose qué es lo que pasaba. Se detuvieron al ver la luz roja del semáforo y justo en ese instante el sonido de un fuerte impacto los interrumpió, mostrando en breve la figura de una chica pidiendo auxilio. La mujer se paró frente al coche y ellos seguían preguntándose qué le pasaba a ella. De la nada, apareció un hombre con una cara iracunda, el cual le asestó un poderoso machetazo a la mujer por la espalda, dejando inmutados los chicos. 

-Déjenme en paz, salgan de mi cabeza-, gritó el hombre  golpeándose su cabeza.

El sujeto arremetió su filoso machete contra el suelo de manera que hacía brotar chipas por la fricción contra el pavimento. Ana estaba perpleja, no pudo hacer otra cosa más que petrificarse en el asiento y ver como la chica era golpeada incesantemente por él desquiciado hombre, dejando una mancha roja que delimitó su trágica muerte.

Ana le pidió a Leo que arrancara el coche para alejarlos de la horrible escena y pedir ayuda; este reaccionó de manera inconsciente y pisó el acelerador a fondo. El iracundo hombre empezó a correr detrás del vehículo, arrojando este por los aires un brazo mutilado de la chica hacia el cofre del auto, el cual resbaló y se quedó tirado en asfalto. La lágrimas de Ana no se contuvieron más; su mente repasaba los detalles de escena con lentitud, como si se hubiese congelado el tiempo, no sabía qué hacer. Leo decidió que había que alejarse de ahí y pedir ayuda en la universidad. En unos angustiantes segundos quedaron fuera del alcance de ese maniaco. Tardaron unos minutos en llegar a la escuela, pero al fin estaban frente al edificio principal de la universidad. Trataban de tranquilizarse para buscar ayuda dentro de ella pero ahí no iban a encontrar consuelo, más que una oscura realidad salida de las más retorcidas pesadillas que pudiesen tener.

 Al llegar, fueron recibidos con gritos de estudiantes acumulados frente al edificio de turismo, los cuales estaban grabando a un profesor, muy querido por todos los alumnos de esa institución. Él sonreía para las cámaras de los celulares que lo grababan, vociferando una especie de clase de desenvolvimiento escénico. Se encontraba sobre los límites del quinto piso y tomaba sin cuidado un cable de luz empotrado a la pared y eso era lo único que lo separaba del abismo. Los muchachos lloraban, trataban de persuadirlo, pero la cabeza del maestro parecía ser inmune a cualquier argumento, sonrió una última vez gritándonos que debíamos ser libres. El cable fue vencido por su peso, y él se entregó a los brazos de la nada, y de manera desafortunada, tomó a uno de los compañeros de Ana y Leo, que estúpidamente no pudo retirarse a tiempo por grabar la escalofriante escena, y fue arrastrado hacia el vacío, formando parte de otros cadáveres los cuales no se podían reconocer: a uno de ellos ni siquiera se le distinguía el rostro y otro con dos grandes bolsas negras bajo sus ojos y una brillante expresión de júbilo.

 -¿Qué está pasando aquí?- , exclamó Leo.

 Inmediatamente, dos maestros más fueron convencidos y atrapados por la inspiración que emanó el occiso y decidieron correr a seguir sus preceptos de liberación, justo en la misma dirección. Nadie creía lo que pasaba, hasta que sus carnosos cuerpos se convirtieron en bolsas de sangre y  helaban los nervios a los testigos de tal acto. La histeria se inyectó en las masas, todos corrieron en busca de ayuda o simplemente alejarse lo antes posible de ahí. Todos menos Leo, quien no podía dejar de pensar en su hermana Liz, la cual había llegado temprano a la universidad acompañada de sus amigos. Leo no espero más y se adentró a las fauces de ese recién estrenado manicomio.

Al ver todo lo que pasaba, Ana se sumó a la entregada búsqueda de Leo para hallar a su hermana. Todos evitaban a los maestros, quienes parecían poseídos o como si se hubiesen convertido en alguna especie de zombie irracional. Unos gritos de terror se podían oír a lo lejos  y le preocupaban a Leo, ya que eran provenientes del salón de Liz. Al llegar a dicha aula, todos sus compañeros estaban “castigados” por su maestro con cuchillo en mano, porque no entregaron el proyecto que encargó para este día, el cual le gritaban sus alumnos, no había pedido. Ana y Leo observaban por la ventanilla cuidadosamente al maestro: también veían como las blancas camisas de los alumnos estaban teñidas de rojo, uno que otro chico desgarrado por el paso del cuchillo, muchas lágrimas y un incalculable deseo por cruzar la puerta.

-¿Que podemos hacer?-, le susurró Ana a Leo-.

El  tiempo se les escurría entre las manos y no podían pasar de estar como espectadores detrás de la pared. Leo angustiado al ver que su hermana corría peligro, se armó de valor encontró una escoba, la cual partió en dos, y teniendo en mente que debía salvar a Liz, pateó estrepitosamente la puerta del salón dejando desconcertado al profesor. Algunos de los alumnos trataron de escapar al ver que la salida estaba al alcance de ellos, pero el maestro con una rabia tremenda empezó a mover el cuchillo a diestra y siniestra para impedir el paso de los jóvenes, lacerando a estos en diferentes partes del cuerpo e inclusive degollando a uno de ellos. Leo al ver esto, aprovechó el ataque de ira del maestro clavándole el palo como estaca por la espalda, dejando empalado al maestro que yacía occiso.

Liz corrió a los brazos de Leo y sus rostros se llenaron de lágrimas de felicidad y miedo a la vez. Ellos sabían que tenían que investigar a detalle lo que estaba ocurriendo.

-¿Qué podemos hacer?-, -¿A quién podemos pedir ayuda?-, les preguntó Liz.

Después, esas preguntas hicieron que el cerebro de Ana reaccionara, tomó a Leo y a Liz y se trasladaron a la oficina del director, la máxima autoridad de esa institución. Yendo hacia la oficina de su director, se toparon con escenas  horrendas al paso de los salones, Los ojos de los chicos no podían creer lo que veían; decenas de alumnos mutilados, maestros cometiendo atrocidades y algunos otros desvariados aventándose de la azotea de la universidad, todo esto era aún irreal para ellos.

Al llegar a la oficina del director, los chicos desesperados y pidiendo ayuda, trataron de abrir la puerta, la cual no cedía.  Al otro lado de esta, se escuchaba un estrepitoso sonido a un volumen muy alto, el cual provenía de la televisión del director, ya que este padecía de sordera por su avanzada edad. Al no ver respuesta alguna, Leo vio la oportunidad de escabullirse por la ventana de la oficina, y con miedo, también lo siguieron Ana y Liz, pero al ingresar tuvieron una horrida sorpresa. El director estaba en desvarío como los demás maestros, con una mirada perdida y una sonrisa diabólica en su rostro; estaba sacando punta a todas las cosas que podía introducir en su viejo aparato para afilar los lápices. Al percatarse de esto, se escondieron detrás del sofá polvoriento que tenía el director para recibir a las personas que él llamaba cuando se suscitaba algún problema. El director desesperado al no encontrar que cupiera por el orificio del sacapuntas, comenzó a introducir uno de sus dedos a la máquina, empezó a escurrir sangre de ella y él sin ningún dolor aparente, siguió moviendo la manivela del artefacto. Leo al ver esto, trató de detenerlo pero el hombre asustado tomó uno de sus filosos lápices y se lo clavó en el hombro al chico. Ana no sabía cómo reaccionar a tan terrible situación, se quedó pasmada y temblando de miedo, pero la que si reaccionó era Liz. Ella al ver que Leo corría peligro, arremetió  violentamente contra el anciano director, proyectándolo contra su escritorio de madera, y de manera brutal su cuello fue fracturado por la orilla del inmueble. Ana salió del shock y al ver que todo estaba en calma, auxilió a Leo para detener la hemorragia con el pañuelo que tenía el director en su saco. Segundos después algo llamó su atención, voltearon a ver la televisión, ya que en las noticias pasaban videos relacionados con estos incidentes, no solo de manera local sino también a nivel mundial. Los doctores y científicos no hallaban una explicación a lo que sucedía, pero muchos le atribuían que era la contaminación global de los mares y aire, causada por los desechos radiactivos que Japón derramó en su desastre con la planta de energía nuclear. Los chicos se quedaron impactados al ver todo esto y decidieron irse de esa escuela de locos.

Al abordar el carro de Leo, las chicas miraban a sus alrededores cosas aterradoras y enfermizas, la cuales no podían comprender. Leo se mantuvo en silencio en todo el trayecto hasta la casa de Ana, mientras ellas sollozaban de temor y angustia. Estaban fatigados de toda esta travesía pero por fin llegarían a su destino.

Entraron a la casa para ver si todo era seguro y en efecto todo estaba tranquilo, pero eso le inquietaba a Ana,  ya que no sabía dónde se encontraba su madre. Comenzó a llamarla con gritos titubeantes,  pero no hubo respuesta por parte de ella. Entonces decidió entrar a su dormitorio donde la señora se encontraba jugando con un cutter, pasándose la delgada y afilada navaja por sus brazos, los cuales ya estaban dañados por el roce de este. 

-¿Qué haces?-, Ana le preguntó.

-Hay algo dentro de mis brazos, ¿Qué no lo ves?-, dijo su madre.

 Con miedo, Ana  se acercó a ella para arrebatarle el objeto punzo-cortante de sus manos, pero la mujer no dejó que se acercara su hija, y de manera súbita, de un solo tajo se corta la garganta por la desesperación de que lo que estaba dentro de ella no pudiese salir. La chica empezó a gritar como loca, tratando de parar la hemorragia del cuello de su madre pero era inútil. Leo acudió a su llamado de ayuda,  la abrazo y la consoló, mientras Liz se postraba en el suelo, cansada y ya sin lágrimas en sus ojos. Leo tomo su teléfono para llamar a casa de sus padres, mientras Ana tomaba una ducha para limpiarse la sangre que escurría de sus brazos y pecho. Mientras el agua corría por el cuerpo de la chica, ella meditaba la situación actual de lo que estaba pasando, pero no tenía ni pies ni cabeza todo lo que pasaba por su mente. Al salir Ana de la regadera,  vio a Liz y a Leo desconsolados abrazándose el uno al otro, ella no sabía que pasaba así que decidió preguntar:

-¿Todo bien?-

 -Hable con mi papa por teléfono no entendía su balbuceos solo alcance a escuchar unos disparos y después ya nadie me contesto-, respondió Leo.

Ana se quedó helada por la noticia y pensando:

-¿Qué rayos le está pasando al mundo?-, -¿Acaso nos pasará lo mismo que a ellos?-.

No entendían la situación así que decidieron permanecer juntos en la casa hasta que la situación se estabilizara.

Después de 4 días del incidente, ya casi se han acabado los suministros de comida, no han puesto un pie fuera de la casa, la televisión ya no sintoniza algún canal, todo está hecho un caos. Lo más extraño es que ellos no han podido conciliar el sueño: Liz se ve desesperada y de la nada tiene arranques de ira; Leo sigue tranquilo, no come casi nada y rara vez les dirige la palabra, mientras tanto Ana… no sabe si lo que vivió era un mal sueño, ya no sabe qué es real y que no lo es… pero… ella no quiso averiguarlo. Con un chuchillo arremetió contra su ojo, atravesándolo y quedando postrada en el sillón de su sala.

FIN                                                                        Idea original by Lex Almerich

 

Insomnia
Los trastornos del sueño severos pueden causar efectos irreparables al ser humano…..